Santa Gianna Beretta Molla: cuando el amor se vuelve decisión

Hay santos que uno imagina lejos, como si fueran de otro planeta: con vidas perfectas, sin problemas, sin cansancio, sin dudas. Pero hay otros que, cuando los conoces, te desarman porque su santidad se parece a la vida real. Con horarios, responsabilidades, familia, trabajo… y decisiones que duelen.

Santa Gianna Beretta Molla fue así: madre, esposa, médica, una mujer normal que amaba a Cristo con una fe sencilla, pero firme. Y su historia, aunque no es larga, tiene una fuerza que no se olvida.

Una vida sencilla, pero llena de Dios

Gianna nació en Italia, en una familia católica donde la fe se vivía de verdad: oración, misa, caridad, y ese tipo de educación que no solo enseña “cosas de Dios”, sino que enseña a vivir con Dios. Desde joven tenía un corazón alegre, con ganas de servir. Y algo muy bonito: no veía la santidad como algo separado de lo cotidiano, sino como una manera de amar bien en lo que toca.

Estudió medicina. Y aquí viene algo importante: para Gianna, ser doctora no era solo una carrera. Era una vocación. Ella miraba al paciente no como “un caso”, sino como una persona. Y en especial tenía un corazón fuerte por las madres, por los niños, por la vida frágil. No desde un discurso frío, sino desde la compasión real.

Se casó con Pietro Molla. Fue un matrimonio con amor auténtico, de esos que se eligen cada día. No perfecto, pero lleno de intención. Y juntos formaron un hogar donde la fe no era un adorno: era el centro.

La cruz llega en forma de decisión

Gianna tuvo hijos. Y como muchas familias, vivieron alegrías y preocupaciones. Pero en un embarazo, los médicos detectaron una complicación grave: un tumor que ponía en riesgo su vida y también la del bebé.

En ese punto, su vida se volvió un cruce de caminos. Un lugar donde no hay respuestas fáciles, donde el corazón se aprieta, donde la fe deja de ser teoría.

Gianna no era ingenua. Entendía la medicina. Entendía los riesgos. Y aun así, algo dentro de ella permanecía claro: la vida de su hijo era sagrada.

No te lo cuento como una “historia bonita” para que suene emocional. Te lo cuento porque ahí se ve la santidad: no como emoción, sino como decisión.

Ella eligió proteger la vida de su bebé. Y lo hizo con una conciencia profunda: no era que “no le importaba su vida”. Al contrario. Amaba la vida. Amaba a su familia. Amaba a su esposo. Pero su amor por Dios la llevó a un lugar donde el amor se vuelve sacrificial.

Y sí… eso cuesta. Eso duele.

El nacimiento y el último regalo

Su hija nació. Una niña. Un milagro de vida en medio de tanta tensión. Pero después del parto, la salud de Gianna empeoró. Los días siguientes fueron un sufrimiento grande, y finalmente, ella murió.

En lo humano, se siente injusto. Porque deja esposo, deja hijos, deja planes. Y sin embargo, su vida quedó como un testimonio que grita sin gritar: la vida vale. El amor vale. Cristo vale.

No porque la muerte sea “buena”. La muerte duele. Pero porque su entrega fue un “sí” que no fue vacío.

Lo que esta historia nos dice a nosotros (hoy)

Tal vez tú escuchas esto y piensas: “yo nunca voy a vivir algo así”. Ojalá no. Pero sí hay algo en Gianna que es para todos:

1) Santidad no es escapar del mundo, es amar dentro de él

Gianna no fue monja. No vivió apartada. Vivió con responsabilidades, con cansancio, con rutina. Y ahí se hizo santa.

Eso es clave para Ruega Por Nosotros: Dios te santifica en tu cocina, en tu trabajo, en tu familia, en tu cansancio, en tu batalla diaria.

2) Ser santo no significa no tener miedo

No hay evidencia de que Gianna haya vivido esto “sin temblar”. Pero la diferencia es que no dejó que el miedo gobernara su conciencia.

3) Amar es elegir cuando no es conveniente

Hoy el mundo te dice: “ama mientras te haga feliz”.
El Evangelio te enseña: “ama incluso cuando te cuesta”.

No porque Dios quiera verte sufrir, sino porque hay un amor que madura. Un amor que se vuelve fuerte. Un amor que se parece al de Cristo en la cruz.

4) La vida humana no es un objeto, es un misterio

Gianna miraba la vida con reverencia. Eso es algo que necesitamos recuperar: la idea de que cada vida —especialmente la más frágil— merece cuidado, dignidad y amor.

Una oración sencilla con Santa Gianna

Santa Gianna,
tú que viviste la fe en lo cotidiano,
enséñame a amar a Dios en mi familia, en mi trabajo, en mis decisiones.
Dame un corazón valiente para elegir el bien,
y una fe humilde para confiar cuando no entiendo.
Ruega por nosotros. Amén.

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