Samuel: el profeta que aprendió a escuchar la voz de Dios
En la historia de nuestra fe hay figuras que se vuelven faros en medio de la confusión, hombres y mujeres que supieron escuchar la voz de Dios y responder con una entrega total. Uno de ellos es Samuel, un profeta cuya vida marcó un antes y un después en el pueblo de Israel. Su historia, narrada principalmente en el Primer Libro de Samuel, sigue siendo profundamente actual para todo creyente que desea reconocer la voluntad de Dios en su vida diaria.
Un niño nacido de la oración
La historia de Samuel comienza incluso antes de su nacimiento. Su madre, Ana, era una mujer de fe profunda que llevaba en el corazón un dolor silencioso: no podía tener hijos. La Biblia nos cuenta que ella iba al templo a llorar ante el Señor, presentando su súplica con humildad y esperanza. En una de esas oraciones, Ana prometió:
“Si te dignas mirar la aflicción de tu sierva y me das un hijo varón, yo lo ofreceré al Señor todos los días de su vida.” (1 Samuel 1:11)
Dios escuchó su clamor. Ana concibió y dio a luz a Samuel, cuyo nombre significa “Dios escucha”. Fiel a su promesa, cuando el niño creció lo llevó al templo para que sirviera bajo el cuidado del sacerdote Elí. Desde pequeño, Samuel fue consagrado a Dios.
Esta escena es un recordatorio para nosotros: ninguna oración sincera cae en el vacío. Dios escucha incluso lo que decimos entre lágrimas, aunque no veamos la respuesta de inmediato.
La llamada de Dios
Uno de los episodios más hermosos de la Biblia es la vocación de Samuel. Una noche, mientras dormía en el templo, escuchó una voz que lo llamaba:
“¡Samuel!”
Pensando que era Elí, corrió hacia él tres veces. Finalmente, el anciano comprendió lo que ocurría y dijo:
“Cuando vuelvas a oír la voz, responde: ‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’.” (1 Samuel 3:9)
Samuel obedeció, y esa noche su vida cambió para siempre. Dios le habló y lo estableció como profeta.
Qué sencilla y profunda es esta oración:
“Habla, Señor, que tu siervo escucha.”
No dice “explícame todo”, ni “haz lo que yo quiero”, sino simplemente: dime lo que deseas de mí. Es una invitación a abrir el corazón y permitir que Dios guíe nuestros pasos.
Un profeta fiel en tiempos difíciles
Israel vivía una época complicada. El pueblo oscilaba entre la fidelidad a Dios y la idolatría; la moral estaba debilitada, y hasta en el templo había corrupción. En medio de esa realidad, Samuel creció como un hombre íntegro, un líder que no se vendía, que no buscaba agradar al mundo sino a Dios.
La Biblia dice de él:
“El Señor estaba con Samuel y no dejó que cayera por tierra ninguna de sus palabras.” (1 Samuel 3:19)
Esto significa que Samuel hablaba con autoridad divina. Cuando reprende, lo hace con firmeza; cuando consuela, lo hace con ternura. Su vida completa fue un testimonio de coherencia.
Hoy, cuando vivimos en una sociedad llena de ruidos, donde muchas voces nos prometen felicidad inmediata, Samuel nos recuerda la importancia de ser fieles a la verdad, aunque no sea popular.
El pueblo pide un rey
A pesar de la cercanía de Dios, los israelitas querían ser “como las demás naciones” y pidieron un rey humano. Samuel quedó herido por la petición, pero Dios le dijo:
“No te rechazan a ti, sino a mí, para que no reine sobre ellos.” (1 Samuel 8:7)
Aun así, Samuel obedeció y ungió a Saúl como el primer rey de Israel. Pero Saúl cayó en desobediencia, y entonces Dios envió a Samuel a buscar a un joven pastor de Belén: David. Cuando Samuel vio a los hermanos mayores, pensó que alguno de ellos era el elegido. Pero Dios le enseñó una verdad eterna:
“El hombre se fija en las apariencias, pero el Señor se fija en el corazón.” (1 Samuel 16:7)
Con aceite santo, Samuel ungió a David, marcando el inicio de una historia que llevaría, siglos después, al nacimiento de Jesús, descendiente de la casa de David.
Un legado que perdura
Samuel murió reconocido como un hombre santo y justo. La Escritura dice:
“Todo Israel se reunió para llorarlo.” (1 Samuel 25:1)
Su legado no son conquistas militares ni riquezas, sino algo mucho más profundo: enseñó a un pueblo entero a volver su corazón a Dios.
Lo que Samuel enseña al creyente de hoy
La vida de Samuel es más que un relato antiguo; es una guía práctica para nuestra vida espiritual.
1. La oración transforma la historia
Su existencia comienza gracias a la oración de una madre perseverante.
Tu oración, por más pequeña que parezca, tiene poder.
2. Escuchar a Dios requiere silencio
Samuel aprendió a escuchar en la quietud del templo.
Hoy necesitamos espacios sin distracciones para que Dios pueda hablarnos.
3. La obediencia abre caminos
Samuel hizo lo que Dios pedía, aun cuando no entendía todo.
La obediencia a Dios siempre trae frutos.
4. La fidelidad es más importante que el reconocimiento
Samuel no buscó fama; buscó servir.
Y Dios exaltó su humildad.
Por qué Samuel es importante hoy
Para nosotros hoy, Samuel nos enseña:
- El poder de la oración (la oración de Ana lo trajo al mundo)
- La importancia de saber escuchar
- La obediencia a Dios incluso cuando es difícil
- El valor en el liderazgo
- Confiar en el plan de Dios aun cuando todo cambia
Él nos recuerda que la santidad comienza con una respuesta sencilla:
“Habla, Señor, que tu siervo escucha.”

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