
El amor hecho servicio
Hay vidas que no necesitan milagros espectaculares para hablar de Dios.
Basta una mirada, una mano extendida o una sonrisa para revelar el rostro del amor divino.
Así fue la vida de Santa Teresa de Calcuta, una mujer pequeña de cuerpo, pero gigante de corazón, que cambió el mundo sirviendo a los más pobres entre los pobres.
Su nombre original era Agnes Gonxha Bojaxhiu, y nació en Skopie (actual Macedonia) en 1910, en el seno de una familia católica profundamente devota. Desde niña mostró una sensibilidad especial hacia los necesitados. Le gustaba rezar, ayudar a los demás y soñaba con ser misionera. Nadie imaginaba que aquella niña tímida llegaría a ser un símbolo universal del amor cristiano.
El llamado
A los 18 años, Agnes decidió consagrar su vida a Dios y entró a la congregación de las Hermanas de Loreto, en Irlanda. Poco después fue enviada a la India, donde comenzó a trabajar como maestra en Calcuta.
Allí adoptó el nombre de Teresa, en honor a Santa Teresa de Lisieux, la santa de “las pequeñas cosas”.
Durante varios años enseñó en un colegio para niñas de familias pobres, llevando una vida sencilla, dedicada a la educación y la oración. Pero un día, mientras viajaba en tren hacia un retiro espiritual, vivió una experiencia que cambiaría su vida para siempre.
Sintió lo que ella llamó una “llamada dentro de la llamada”: una voz interior que le pedía dejar el convento y dedicarse por completo a servir a los más pobres de los pobres.
Aquella decisión no fue fácil. Significaba dejar la seguridad, la comunidad y el hábito de Loreto para vivir entre la miseria de las calles. Pero Teresa no dudó: si Dios la llamaba, ella respondería con amor.
Los comienzos en las calles
Con permiso del Papa y sus superiores, Teresa cambió su hábito por un sencillo sari blanco con bordes azules y se fue a vivir entre los más necesitados.
Comenzó sola, sin dinero, sin recursos, pero con una fe inmensa. Aprendió medicina básica, recogió a los enfermos abandonados en las calles, y les ofrecía no solo curación, sino dignidad.
Con el tiempo, otras jóvenes se unieron a ella. Así nació la congregación de las Misioneras de la Caridad, cuya misión era “saciar la sed de amor de Jesús en la cruz, sirviendo a los más pobres entre los pobres”.
Teresa no hablaba de Dios con palabras, sino con gestos.
Donde otros veían basura humana, ella veía el rostro de Cristo.
Donde había desesperación, ella sembraba esperanza.
Su obra se expandió rápidamente por todo el mundo: hogares para moribundos, orfanatos, refugios para leprosos y comedores para los hambrientos.
El amor en las cosas pequeñas
Santa Teresa solía repetir una frase que hoy sigue conmoviendo corazones:
“No todos podemos hacer cosas grandes, pero sí podemos hacer cosas pequeñas con gran amor.”
Esa era su filosofía de vida.
No buscaba la fama ni los aplausos, solo quería amar.
Y en ese amor cotidiano, sencillo y silencioso, encontró a Dios.
En una ocasión, una periodista le preguntó cómo podía seguir sonriendo entre tanta miseria.
Ella respondió:
“No es la cantidad de trabajo lo que importa, sino cuánto amor ponemos en lo que hacemos.”
La noche oscura del alma
Lo que pocos saben es que, durante muchos años, Teresa vivió una profunda sequedad espiritual.
En sus cartas personales, publicadas después de su muerte, confesó que durante décadas no sintió la presencia de Dios.
Sin embargo, siguió amando, sirviendo y sonriendo.
Eso la hace aún más humana y más santa.
Porque la santidad no consiste en no tener dudas, sino en seguir caminando aun cuando no se ve la luz.
Teresa nos enseña que la fe no siempre se siente; a veces simplemente se decide.
Reconocimiento y legado
Su obra fue reconocida en todo el mundo.
Recibió el Premio Nobel de la Paz en 1979, y al recibirlo, pronunció una frase que aún resuena:
“Si quieres cambiar el mundo, empieza por amar a tu familia.”
Hasta su último día, vivió en humildad.
Nunca se consideró especial; decía que solo era “un pequeño lápiz en las manos de Dios”.
Murió en 1997, a los 87 años, dejando un legado inmenso de amor y servicio.
Fue canonizada por el Papa Francisco en 2016.
Hoy, las Misioneras de la Caridad siguen su obra en más de 130 países, recordando al mundo que el amor verdadero no se mide en palabras, sino en obras.
El mensaje de Santa Teresa para nosotros
En un mundo lleno de ruido, prisas y egoísmo, su ejemplo nos invita a volver a lo esencial:
amar, servir, consolar.
No se necesita ser rico, famoso o poderoso para transformar el mundo; basta con tener un corazón dispuesto.
Teresa de Calcuta fue prueba viviente de que Dios sigue obrando a través de manos humanas.
Nos enseña que incluso el gesto más pequeño —una sonrisa, un abrazo, una mirada de compasión— puede convertirse en un canal de gracia.
Su vida fue una oración constante, un rosario hecho de obras de amor.
Y su mensaje sigue vigente:
“La alegría es fuerza. La alegría es amor. La alegría es una red de amor con la cual se pueden capturar almas.”
Que su ejemplo nos inspire a vivir con un corazón más generoso, a servir sin esperar recompensa y a recordar que cada persona que sufre es Cristo mismo esperándonos en el camino.

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